lunes, 28 de mayo de 2012
Spain is different
¿Por qué no habrían de respetarnos el resto de países europeos, por qué no tendríamos que inspirarles confianza a los inversores, por qué no parecerles serios y rigurosos, qué motivos tendrían para dudar de que somos un país por el que merece la pena apostar? ¿Acaso no hemos aparcado diferencias partidistas con el fin de renovar el gobierno de importantísimas instituciones, como por ejemplo el Tribunal Constitucional o el Banco de España? ¿Acaso no estamos comprometidos con el saneamiento de nuestras Cajas y Bancos, demostrando obsesión por la transparencia y radicalidad en la exigencia de responsabilidades a los malos gestores? ¿Quién puede ser tan ciego como para no ver la grandeza y altura de miras de nuestros gobernantes, seleccionados de entre los mejores políticos, siempre dispuestos a posponer intereses particulares en beneficio de la generalidad, incapaces de servirse de argumentos demagógicos para descalificar al adversario, prestos siempre a servir desinteresadamente al colectivo incluso al precio del perjuicio propio? ¿Y qué decir de nuestras Autonomías, Diputaciones Provinciales, Mancomunidades y Ayuntamientos? ¿Acaso no constituyen un ejemplo de racionalidad, eficacia, transparencia y control exhaustivo de todo tipo de gasto superfluo? ¿Quién sería tan frívolo como para atreverse a dudar de ello? ¿Y cómo glosar esa maravilla de unidad de la sociedad española, que tiene hoy admirada a toda Europa? ¿Acaso no aprovechamos cualquier ocasión –sin ir más lejos, la reciente final de la Copa del Rey de fútbol— para demostrar dicha solidaridad y exquisito respeto mutuo aun en nuestras difíciles circunstancias económicas? ¿Quién puede dudar, quién, de lo que somos?
domingo, 20 de mayo de 2012
Liberalismo y partidos políticos
A Enrique Ujaldón y Paco Giménez Gracia
El PP valenciano acaba de celebrar su Congreso Regional y, como no podía ser menos, ha ensalzado la gestión del ex-presidente Camps, culpando al gobierno Zapatero de la crisis que anega Valencia. Al fin y al cabo, y como todo el mundo sabe, Camps ha sido un grandísimo gestor, ya que el tribunal ha fallado que no se dejó regalar un traje. Artur Mas ha hecho lo propio recientemente, culpabilizando de la ruina catalana a PP y a PSOE, ya que, como todo el mundo reconocerá, CiU no ha tenido nada que ver con la historia catalana contemporánea. Todo ello por no hablar del PSOE andaluz que, gracias a que ha perdido las elecciones y por ello vuelve a gobernar, disimula con el reparto de cargos una división interna que llega a ser grotesca, culpando de que Andalucía sea la petite Grèce hispana a Rajoy, Merkel y los banqueros con chistera y puro.
Es comprensible e inevitable, porque es esencial, que a un liberal le produzca cierta alergia la lógica interna de los partidos, cierto asco incluso, repugnancia, hartazgo. El respeto a la autonomía personal, a la libertad de conciencia, la voluntad de imparcialidad, la apelación a la objetividad, la obsesión por la transparencia, el primado de la eficacia y del mérito en condiciones de igualdad constituyen, entre otros principios, el ethos de la cultura política liberal.
Si, a pesar de ello, existen partidos liberales y liberales en los partidos, es algo que puede deberse –excluyendo causas paranormales y pequeños vicios inconfesables— al pragmatismo que igualmente adorna al liberal y a su conocimiento de la historia, que le hace reconocer el valor de la existencia de los partidos políticos como índice y factor de salud democrática, al menos de mayor salud que su contrario. El liberal no es un terrorista de las convicciones, sino un reformista, un posibilista. De ahí que asuma el pacto con el mal menor. Pese a ello, se sentirá más cómodo en el seno de la institución científica o en una empresa, sean ambas del tipo que sean, que en un partido político. Al contrario que el republicano, el liberal jamás idealiza la vida política. En realidad, y puestos a no idealizar, no idealiza nada; es un irónico.
Tal vez esto explique el que los liberales admiremos, más que a los partidos políticos, a ciertos individuos que hay en ciertos partidos, sean éstos cuales sean. Ciertamente, también reconocemos que el hecho de que ciertos individuos pertenezcan a cierto partido es un índice y un factor que dignifica a ese y no a otro...
El PP valenciano acaba de celebrar su Congreso Regional y, como no podía ser menos, ha ensalzado la gestión del ex-presidente Camps, culpando al gobierno Zapatero de la crisis que anega Valencia. Al fin y al cabo, y como todo el mundo sabe, Camps ha sido un grandísimo gestor, ya que el tribunal ha fallado que no se dejó regalar un traje. Artur Mas ha hecho lo propio recientemente, culpabilizando de la ruina catalana a PP y a PSOE, ya que, como todo el mundo reconocerá, CiU no ha tenido nada que ver con la historia catalana contemporánea. Todo ello por no hablar del PSOE andaluz que, gracias a que ha perdido las elecciones y por ello vuelve a gobernar, disimula con el reparto de cargos una división interna que llega a ser grotesca, culpando de que Andalucía sea la petite Grèce hispana a Rajoy, Merkel y los banqueros con chistera y puro.
Es comprensible e inevitable, porque es esencial, que a un liberal le produzca cierta alergia la lógica interna de los partidos, cierto asco incluso, repugnancia, hartazgo. El respeto a la autonomía personal, a la libertad de conciencia, la voluntad de imparcialidad, la apelación a la objetividad, la obsesión por la transparencia, el primado de la eficacia y del mérito en condiciones de igualdad constituyen, entre otros principios, el ethos de la cultura política liberal.
Si, a pesar de ello, existen partidos liberales y liberales en los partidos, es algo que puede deberse –excluyendo causas paranormales y pequeños vicios inconfesables— al pragmatismo que igualmente adorna al liberal y a su conocimiento de la historia, que le hace reconocer el valor de la existencia de los partidos políticos como índice y factor de salud democrática, al menos de mayor salud que su contrario. El liberal no es un terrorista de las convicciones, sino un reformista, un posibilista. De ahí que asuma el pacto con el mal menor. Pese a ello, se sentirá más cómodo en el seno de la institución científica o en una empresa, sean ambas del tipo que sean, que en un partido político. Al contrario que el republicano, el liberal jamás idealiza la vida política. En realidad, y puestos a no idealizar, no idealiza nada; es un irónico.
Tal vez esto explique el que los liberales admiremos, más que a los partidos políticos, a ciertos individuos que hay en ciertos partidos, sean éstos cuales sean. Ciertamente, también reconocemos que el hecho de que ciertos individuos pertenezcan a cierto partido es un índice y un factor que dignifica a ese y no a otro...
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miércoles, 16 de mayo de 2012
Esteban Molina
El 22 de Marzo de 2012 murió Esteban Molina González, profesor de Filosofía en un Instituto de Almería y, esporádicamente, en la Universidad de dicha ciudad. Lo conocí en 2002, no recuerdo bien los detalles, aunque sí que fue un encuentro casual, no respondía a ninguno de nuestros respectivos hábitos ni lugares. Desde entonces mantuvimos una relación cordial que evolucionó de mayor a menor asiduidad.
Esteban fue un hombre apasionado. La pasión que compartió conmigo fue la de la escritura filosófica, también la de la Universidad. Era ese tipo de persona que hace mucho más que otros para alcanzar algo y las circunstancias no se lo facilitan. En su haber queda que los sacrificios siempre parecieron compensarle, que los disfrutó como un fin en sí mismo. Releo la dedicatoria que me escribió en el ejemplar de su libro La incierta libertad: “Para Alfonso, quien espero que disfrute con su lectura tanto como yo he disfrutado con su escritura”. En 2003 me arrastró a Madrid en un incomodísimo viaje de autobús para conocer personalmente a Jean-Luc Nancy, cuya obra yo estudiaba por entonces. Su insistencia nos llevó a cenar con él. Siempre le dí las gracias por ello. Luego se sucedieron viajes a Murcia en los que me acompañaba a participar en los Seminarios del Grupo de Investigación de Pensamiento Político “Saavedra Fajardo”, en el que se integró. Una vez habló de Blumenberg como el que canta flamenco, “ustedes se preguntarán qué hace un tipo del Sur hablando de Blumenberg”, y golpeaba con los nudillos en la mesa. Lo vi por última vez en el contexto de un Congreso de Inmigración organizado por el LASC de la Universidad de Almería, al que ambos pertenecíamos, y que alimentó finalmente su gran vocación universitaria.
Me sorprendo escribiendo una, imagino que sí, necrológica. La primera vez. Y además sobre un amigo de cuya muerte me entero tarde. La distancia que es la amistad se refuerza porque la muerte no acerca al amigo, sino que intensifica su extrañeza, su carácter inapropiable, tan inapropiable e inexperimentable como su muerte o la propia. Sólo de este modo he podido acompañarlo en la (su) muerte: compartiendo tal posibilidad -la más propia y absoluta-, exponiéndome en la escritura, poniéndome en juego, cuestionándo(me) la ilusión que me hace vivir –cuestionando la ilusión que (le) hace morir.
Esteban fue un hombre apasionado. La pasión que compartió conmigo fue la de la escritura filosófica, también la de la Universidad. Era ese tipo de persona que hace mucho más que otros para alcanzar algo y las circunstancias no se lo facilitan. En su haber queda que los sacrificios siempre parecieron compensarle, que los disfrutó como un fin en sí mismo. Releo la dedicatoria que me escribió en el ejemplar de su libro La incierta libertad: “Para Alfonso, quien espero que disfrute con su lectura tanto como yo he disfrutado con su escritura”. En 2003 me arrastró a Madrid en un incomodísimo viaje de autobús para conocer personalmente a Jean-Luc Nancy, cuya obra yo estudiaba por entonces. Su insistencia nos llevó a cenar con él. Siempre le dí las gracias por ello. Luego se sucedieron viajes a Murcia en los que me acompañaba a participar en los Seminarios del Grupo de Investigación de Pensamiento Político “Saavedra Fajardo”, en el que se integró. Una vez habló de Blumenberg como el que canta flamenco, “ustedes se preguntarán qué hace un tipo del Sur hablando de Blumenberg”, y golpeaba con los nudillos en la mesa. Lo vi por última vez en el contexto de un Congreso de Inmigración organizado por el LASC de la Universidad de Almería, al que ambos pertenecíamos, y que alimentó finalmente su gran vocación universitaria.
Me sorprendo escribiendo una, imagino que sí, necrológica. La primera vez. Y además sobre un amigo de cuya muerte me entero tarde. La distancia que es la amistad se refuerza porque la muerte no acerca al amigo, sino que intensifica su extrañeza, su carácter inapropiable, tan inapropiable e inexperimentable como su muerte o la propia. Sólo de este modo he podido acompañarlo en la (su) muerte: compartiendo tal posibilidad -la más propia y absoluta-, exponiéndome en la escritura, poniéndome en juego, cuestionándo(me) la ilusión que me hace vivir –cuestionando la ilusión que (le) hace morir.
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martes, 15 de mayo de 2012
Cumplir la ley por imperativo legal
Soy de los que piensan que es conveniente mantener la diferenciación entre las diversas esferas humanas de acción y de sentido: política, economía, ética, derecho, religión, ciencia, estética, ... Hay entre ellas múltiples relaciones, influencias mutuas, intentos de colonización, contaminaciones. Los límites no son puros ni entre sus respectivas lógicas, ni entre sus élites, ni en sus finalidades, jergas o tradiciones cultas. Pero de borrar por completo las diferencias se pierde parte de la riqueza y la complejidad (que predicamos) de lo humano –amén de otros problemas teóricos y consecuencias prácticas que sería enojoso recrear aquí.
Aunque las relaciones entre el derecho y la ética son profundas hasta el punto de que muchos autores tienden a confundirlas o superponerlas, es posible diferenciarlas apelando a la motivación que reclaman del sujeto cada una de ellas. Si se me permiten las metáforas espaciales: al derecho le basta con la conformidad externa; la ética, en cambio, la exige interna, pues presupone autonomía.
La consejera andaluza de Hacienda y Administración Pública ha declarado que va a cumplir el objetivo de déficit marcado por el gobierno central, lo cual va a exigirle reducir el sueldo de los funcionarios, congelar la oferta de empleo público o paralizar las inversiones en infraestructuras, entre otras medidas. Pero se ha apresurado a defenderse diciendo que lo hace sin querer, de mala gana, como de mentirijillas, por puro imperativo legal. Sin abundar en la posible frivolidad de unas matizaciones tales en boca de un responsable político, el asunto va más allá de un mero gesto demagógico-populista.
Se trata, ante todo, de un eslogan vacío mimetizado irreflexivamente tras su puesta en circulación por el mundo abertzale. Para cumplir la ley es indiferente el grado de adhesión personal que ella nos merezca. ¡El que esté libre de odiar pagar impuestos que tire la primera piedra (y, que se sepa, el inspector de Hacienda no se conmueve ante nuestro desprecio por la norma)!
Al gesto banal de la consejera se añade su interés por evidenciar superioridad moral manteniendo inmaculada su conciencia. Pero los políticos deben renunciar a querer salvar la integridad de su alma; su principio debe ser la responsabilidad. Muy al contrario, la consejera se ha mostrado violentada, forzada por un gobierno sádico. Ella deja claro que ni lo quería ni lo cree necesario.
Aunque las relaciones entre el derecho y la ética son profundas hasta el punto de que muchos autores tienden a confundirlas o superponerlas, es posible diferenciarlas apelando a la motivación que reclaman del sujeto cada una de ellas. Si se me permiten las metáforas espaciales: al derecho le basta con la conformidad externa; la ética, en cambio, la exige interna, pues presupone autonomía.
La consejera andaluza de Hacienda y Administración Pública ha declarado que va a cumplir el objetivo de déficit marcado por el gobierno central, lo cual va a exigirle reducir el sueldo de los funcionarios, congelar la oferta de empleo público o paralizar las inversiones en infraestructuras, entre otras medidas. Pero se ha apresurado a defenderse diciendo que lo hace sin querer, de mala gana, como de mentirijillas, por puro imperativo legal. Sin abundar en la posible frivolidad de unas matizaciones tales en boca de un responsable político, el asunto va más allá de un mero gesto demagógico-populista.
Se trata, ante todo, de un eslogan vacío mimetizado irreflexivamente tras su puesta en circulación por el mundo abertzale. Para cumplir la ley es indiferente el grado de adhesión personal que ella nos merezca. ¡El que esté libre de odiar pagar impuestos que tire la primera piedra (y, que se sepa, el inspector de Hacienda no se conmueve ante nuestro desprecio por la norma)!
Al gesto banal de la consejera se añade su interés por evidenciar superioridad moral manteniendo inmaculada su conciencia. Pero los políticos deben renunciar a querer salvar la integridad de su alma; su principio debe ser la responsabilidad. Muy al contrario, la consejera se ha mostrado violentada, forzada por un gobierno sádico. Ella deja claro que ni lo quería ni lo cree necesario.
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jueves, 10 de mayo de 2012
¿Ser intervenido o no ser intervenido? Ésta es la cuestión
Cuando se habla de la posibilidad de que el Estado intervenga una comunidad autónoma, mucha gente imagina a Rajoy saliendo de Moncloa a caballo, vestido de armadura y flanqueado por De Guindos y Montoro, camino de tierras presupuestariamente díscolas para llevar a cabo una Cruzada de austeridad.
En realidad intervenir una comunidad autónoma es menos vistoso; bastan unas letrillas en el B. O. E. 24 horas después de que la sonrisa pizpireta de SSS nos amargue el telediario de los viernes. Es lo que sucedió, por ejemplo, con el Real Decreto-Ley de 20 de Abril sobre medidas de racionalización del gasto en educación.
Por la gravedad que se le atribuye, pareciera que estar intervenido implica un cambio de estatuto metafísico, una suerte de transformación cualitativa, un dejar de ser lo que se es para pasar a integrarse en otra realidad mayor, para disolverse como cubito en mirinda. A tal sensación contribuye la obsesión maníaco-depresiva en que consiste todo nacionalismo, y que hoy mantienen viva Comunidades como la catalana y la vasca, infectando a todas las demás. Es oír la palabra “intervención” y se ponen los hechos diferenciales de gallina.
-¿Qué se ha creído Rajoy, que es el Cid Campeador?
-La cabra tira al monte y la derecha al “una, grande, libre”.
Sucede, sin embargo, que hoy no existe país civilizado que no esté de hecho de mil modos intervenido. Todo país es un país profanado, colonizado, tutelado, vigilado por múltiples instituciones. Y no sólo por vagos e incruentos flujos culturales o comerciales, sino por compromisos, acuerdos, pactos y protocolos que implican tutelas sumamente exigentes. Ser un Estado europeo no es sino estar intervenido. Y a mucha honra.
No iba a ser menos con las comunidades autónomas españolas, cuya razón de ser es fundamentalmente pragmática, esto es, relativa a la mejora de los servicios que puedan –siempre y cuando puedan— dar a sus ciudadanos.
Por lo demás, aunque de todo se puede dudar –si lo sabré yo, que soy filósofo—, de tener que elegir entre los individuos y las comunidades autónomas, son éstas las que parecen más cuestionables, artificiales, prescindibles. Por ello sorprende que cierta izquierda, que por otro lado siempre se ha mostrado muy multiétnica y favorable a la contaminación, se escandalice ahora por la pérdida de los límites identitarios, que, como cualquier niño sabe, son esencialmente teológico-políticos, excluyentes y potencialmente totalitarios.
En realidad intervenir una comunidad autónoma es menos vistoso; bastan unas letrillas en el B. O. E. 24 horas después de que la sonrisa pizpireta de SSS nos amargue el telediario de los viernes. Es lo que sucedió, por ejemplo, con el Real Decreto-Ley de 20 de Abril sobre medidas de racionalización del gasto en educación.
Por la gravedad que se le atribuye, pareciera que estar intervenido implica un cambio de estatuto metafísico, una suerte de transformación cualitativa, un dejar de ser lo que se es para pasar a integrarse en otra realidad mayor, para disolverse como cubito en mirinda. A tal sensación contribuye la obsesión maníaco-depresiva en que consiste todo nacionalismo, y que hoy mantienen viva Comunidades como la catalana y la vasca, infectando a todas las demás. Es oír la palabra “intervención” y se ponen los hechos diferenciales de gallina.
-¿Qué se ha creído Rajoy, que es el Cid Campeador?
-La cabra tira al monte y la derecha al “una, grande, libre”.
Sucede, sin embargo, que hoy no existe país civilizado que no esté de hecho de mil modos intervenido. Todo país es un país profanado, colonizado, tutelado, vigilado por múltiples instituciones. Y no sólo por vagos e incruentos flujos culturales o comerciales, sino por compromisos, acuerdos, pactos y protocolos que implican tutelas sumamente exigentes. Ser un Estado europeo no es sino estar intervenido. Y a mucha honra.
No iba a ser menos con las comunidades autónomas españolas, cuya razón de ser es fundamentalmente pragmática, esto es, relativa a la mejora de los servicios que puedan –siempre y cuando puedan— dar a sus ciudadanos.
Por lo demás, aunque de todo se puede dudar –si lo sabré yo, que soy filósofo—, de tener que elegir entre los individuos y las comunidades autónomas, son éstas las que parecen más cuestionables, artificiales, prescindibles. Por ello sorprende que cierta izquierda, que por otro lado siempre se ha mostrado muy multiétnica y favorable a la contaminación, se escandalice ahora por la pérdida de los límites identitarios, que, como cualquier niño sabe, son esencialmente teológico-políticos, excluyentes y potencialmente totalitarios.
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sábado, 5 de mayo de 2012
Para Argentina, filosofía y economía
Países como Argentina o Bolivia parecen haber tomado la costumbre de quedarse con empresas de mayoría accionarial española. Ello es prueba, entre otras cosas, del respeto que les merecen las leyes de comercio internacional. Al tratarse de países considerados hermanos, también es una prueba de que toda familia que se precie es una familia destruida.
Las reacciones han sido diversas ya se tratase del caso de Repsol ya de Red Eléctrica. Y ello debido no sólo a la diferente relevancia económica de cada empresa, sino también a las justificaciones y promesas dadas por las autoridades de ambos países latinoamericanos. Y es que en este caso el conocido fair play del aymara se ha visto superado por la chulería de patilla y voz quebrada del viceministro de camisa desabrochada, un prestigioso economista Kicillof cuyo mérito es haber descubierto que la solución para la economía mundial y nacional pasa por volver a Marx.
El asunto no pasaría de un chiste malo que apenas diese para reírse un rato, si no fuera por la gravedad de las circunstancias y consecuencias. En España, sin embargo, las reacciones de autoridades y opinadores no han estado a la altura de dicha trascendencia. Si por parte oficial se ha ido la fuerza por la boca en amagos imposibles e impotentes, evidenciando que la auténtica justicia en cuestiones económicas es la que arbitren los mecanismos espontáneos de una economía global (en este sentido Argentina puede haberse dado el enésimo tiro en el pie), las reacciones publicadas y escuchadas en los medios no han pasado, salvo excepciones, del insulto a la presidenta Kirchner o las manifestaciones de orgullo patrio ofendido. Ni con la victoria de la selección en el mundial de fútbol se había visto tanto patriota herido por el destino de Repsol, al fin y al cabo una empresa multi-nacional. Por lo demás, y aun reconociendo que los sentimientos patrióticos existen, tampoco es preciso hacer gala de ellos, como no la hacemos de tener halitosis o de roncar.
Una reacción a la altura del reto planteado por las políticas económicas de Argentina también pasa por hacer un diagnóstico de la formación académica de los ejecutivos y empresarios españoles. Sucintamente, en la misma no tiene cabida el conocimiento de las tradiciones culturales de los países latinoamericanos, que se reemplaza por el consumo de los tópicos y prejuicios heredados. Las relaciones económicas con esos países exigiría de quienes deben tomar decisiones empresariales dicho conocimiento, tanto directo como a través de la presencia en los consejos de administración y en las cúpulas ejecutivas de personas que enriquecieran su manejo de los balances económicos con el entendimiento de las mentalidades, valores y costumbres de las sociedades con las que se establecen negocios.
Que las deficiencias de formación en estos aspectos sean evidentes en los grados y másters del ámbito de las ciencias económicas es una prueba del atraso, estrechez de miras e incapacidad de los responsables de los mismos en España. Inmediatamente viene a la cabeza el ejemplo de la London School of Economics, en la que tenían cabida filósofos e historiadores como Popper, Gellner, Toynbee o Dahrendorf. En casos como éste se demuestra la relevancia práctica de las humanidades, especialmente la filosofía y la historia.
Pero si ésta es la situación en nuestras instituciones formativas económicas, más escandaloso resulta que también lo sea en nuestras Facultades de Historia y, sobre todo, Filosofía. En ellas el estudio de las tradiciones culturales, filosóficas, ensayísticas de los países iberoamericanos es inexistente o se reduce a la presencia testimonial de asignaturas optativas. Esto es un índice y un factor decisivo que contribuyen a reforzar, si es que aún cabe hacerlo más, la irrelevancia social de dichas disciplinas académicas.
Una feliz excepción a dicho estado lo constituye el máster impulsado por el catedrático de la Facultad de Filosofía de la Universidad Complutense José Luis Villacañas. El mismo es una prueba de que la filosofía y la historia conceptual que se hace desde España debe abarcar la producción iberoamericana si quiere comprenderse a sí misma. De paso se pone en valor como herramienta indispensable para establecer relaciones conscientes y rigurosas con esos países.
Las reacciones han sido diversas ya se tratase del caso de Repsol ya de Red Eléctrica. Y ello debido no sólo a la diferente relevancia económica de cada empresa, sino también a las justificaciones y promesas dadas por las autoridades de ambos países latinoamericanos. Y es que en este caso el conocido fair play del aymara se ha visto superado por la chulería de patilla y voz quebrada del viceministro de camisa desabrochada, un prestigioso economista Kicillof cuyo mérito es haber descubierto que la solución para la economía mundial y nacional pasa por volver a Marx.
El asunto no pasaría de un chiste malo que apenas diese para reírse un rato, si no fuera por la gravedad de las circunstancias y consecuencias. En España, sin embargo, las reacciones de autoridades y opinadores no han estado a la altura de dicha trascendencia. Si por parte oficial se ha ido la fuerza por la boca en amagos imposibles e impotentes, evidenciando que la auténtica justicia en cuestiones económicas es la que arbitren los mecanismos espontáneos de una economía global (en este sentido Argentina puede haberse dado el enésimo tiro en el pie), las reacciones publicadas y escuchadas en los medios no han pasado, salvo excepciones, del insulto a la presidenta Kirchner o las manifestaciones de orgullo patrio ofendido. Ni con la victoria de la selección en el mundial de fútbol se había visto tanto patriota herido por el destino de Repsol, al fin y al cabo una empresa multi-nacional. Por lo demás, y aun reconociendo que los sentimientos patrióticos existen, tampoco es preciso hacer gala de ellos, como no la hacemos de tener halitosis o de roncar.
Una reacción a la altura del reto planteado por las políticas económicas de Argentina también pasa por hacer un diagnóstico de la formación académica de los ejecutivos y empresarios españoles. Sucintamente, en la misma no tiene cabida el conocimiento de las tradiciones culturales de los países latinoamericanos, que se reemplaza por el consumo de los tópicos y prejuicios heredados. Las relaciones económicas con esos países exigiría de quienes deben tomar decisiones empresariales dicho conocimiento, tanto directo como a través de la presencia en los consejos de administración y en las cúpulas ejecutivas de personas que enriquecieran su manejo de los balances económicos con el entendimiento de las mentalidades, valores y costumbres de las sociedades con las que se establecen negocios.
Que las deficiencias de formación en estos aspectos sean evidentes en los grados y másters del ámbito de las ciencias económicas es una prueba del atraso, estrechez de miras e incapacidad de los responsables de los mismos en España. Inmediatamente viene a la cabeza el ejemplo de la London School of Economics, en la que tenían cabida filósofos e historiadores como Popper, Gellner, Toynbee o Dahrendorf. En casos como éste se demuestra la relevancia práctica de las humanidades, especialmente la filosofía y la historia.
Pero si ésta es la situación en nuestras instituciones formativas económicas, más escandaloso resulta que también lo sea en nuestras Facultades de Historia y, sobre todo, Filosofía. En ellas el estudio de las tradiciones culturales, filosóficas, ensayísticas de los países iberoamericanos es inexistente o se reduce a la presencia testimonial de asignaturas optativas. Esto es un índice y un factor decisivo que contribuyen a reforzar, si es que aún cabe hacerlo más, la irrelevancia social de dichas disciplinas académicas.
Una feliz excepción a dicho estado lo constituye el máster impulsado por el catedrático de la Facultad de Filosofía de la Universidad Complutense José Luis Villacañas. El mismo es una prueba de que la filosofía y la historia conceptual que se hace desde España debe abarcar la producción iberoamericana si quiere comprenderse a sí misma. De paso se pone en valor como herramienta indispensable para establecer relaciones conscientes y rigurosas con esos países.
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viernes, 27 de abril de 2012
Masoquismo y narcisismo. Reflexiones sobre política y carácter
Cada vez más gente se está aficionando a “Pasapalabra” con tal de no ver el Telediario del mediodía. El clímax del terror llega los viernes con la rueda de prensa tras el Consejo de Ministros. La sonrisa pizpireta de SSS, que no puede ocultar el arrebato de quien se sabe hiperobservado, es el preludio habitual de dos o tres medidas de ahorro, de no menos de 3 o 4 mil millones de €, que salen por su boca sin perder la sonrisa –no puedo decir sin despeinarse.
Más allá de su acierto o desacierto, de la necesidad imperiosa de contener el gasto público o de la no menos urgente importancia de reactivar el crecimiento, la política económica del actual gobierno suscita fundamentalmente dos tipos de reacciones: a favor o en contra. Ciertamente hay muchos matices que las enriquecen, pero en lo esencial las posiciones son esas.
Las reacciones de apoyo o de rechazo suelen ir sostenidas por argumentos, acompañadas de justificaciones, reforzadas por creencias, datos y reflexiones escuchadas o leídas a expertos o a meros opinadores. Cada uno defiende sus puntos de vista cómo sabe y puede, en el grado en que se lo exige su competencia, su audiencia o su orgullo. Aunque la mayoría de la gente ignora los principios básicos de la macroeconomía, la crisis ha contribuido mucho al conocimiento de esta rama de la teología. Al igual que los triunfos de Fernando Alonso han creado una culturilla de tecnicismos de Formula 1 (en los escasos andamios ya no se habla de mujeres sino de KERS, chicanes y pit-stops), la crisis económica que nos azota (qué verbo, eh) permite que la prima de riesgo esté en boca hasta de las cajeras de Mercadona. ¡Qué digo de las cajeras: incluso en labios de los maestros de gimnasia!
Pero las motivaciones determinantes para defender o criticar la política económica del gobierno no se reducen a razonamientos lógicos, no se dejan expresar totalmente en argumentos deductivos, no obedecen a meras posiciones teóricas. Más aún: las ideas y convicciones económicas son secundarias ante la fuerza determinante del carácter, que es el término que usamos para nombrar la suma de muchos rasgos heterogéneos que permiten predecir o justificar la conducta de alguien.
Según esto, estar a favor o en contra de la política económica del gobierno responde a dos tipos de carácter.
Quienes están a favor suelen mostrar gran irritación por el gasto público y se muestran muy sensibles por multitud de servicios que presta el Estado, detectando siempre tras ellos anomalías y despilfarros: que si los pensionistas abusan de las recetas, que si los inmigrantes usan mal los servicios de urgencias, que si se da becas a cualquiera y para cualquier cosa, que si los profesores trabajan poco, que si los funcionarios menos aún, que si hay muchos asesores, que si los políticos cobran demasiado, que si los aeropuertos vacíos, que si las televisiones repletas… Se trata de personas cuya defensa de las medidas de austeridad va acompañada de cierta autoculpabilidad y de vergüenza, en ocasiones enriquecidas de rencor. “Nos creíamos ricos”. “Hemos vivido por encima de nuestras posibilidades”. “Somos improductivos”. “Somos como los griegos”. “Los alemanes se niegan a seguir pagando nuestro despilfarro”. Etc. Desde dicho estado de ánimo, no sólo comprenden y justifican el sadismo pizpireto de SSS y nuestros contables, sino que casi rozan el masoquismo: “nos lo merecemos”, “ahora nos vamos a enterar de lo que vale un peine (y una matrícula universitaria)”, “esto no es nada para lo que viene”. Se completa entonces un cuadro que se deja comprender desde la categoría de “sado-masoquismo”: a una ilimitada capacidad de hacer sufrir se le adjunta una ilimitada capacidad de padecer; a la hiper-actividad de los amos se le acopla la hiper-pasividad de los esclavos; a la impasibilidad del gobierno, la pasibilidad infinita de la ciudadanía.
Por el contrario, el carácter de quienes critican las medidas gubernamentales rebosa autoestima y narcisismo. Mientras que el masoquista abdica incluso de su condición de sujeto-soberano (limitándose a ser/estar “sujeto”), el indignado ante los recortes del gobierno no es capaz de someterse, tan alta es su consideración de sí mismo. A sus ojos todos los servicios asumidos por el Estado responden a derechos absolutos y por lo tanto inalienables. Desde la gratuidad total de todo tipo de educación y gastos adjuntos (transporte, comedor, libros de texto…), a la universal gratuidad de todas las prestaciones sanitarias, pasando por las diversas modalidades de subvenciones, derechos laborales, bienes sociales varios, etc. Tanto se quiere a sí mismo y autovalora el narcisista, que no sólo considera postergable y no prioritario el pago de la deuda soberana, sino que incluso lo considera un insulto, algo propio de fachas.
Ahora bien: del mismo modo que los sádicos amos precisan de sujetos pasibles para reconocerse como tal, también precisan de la resistencia de los narcisistas. Unos y otros sostienen la identidad del gobierno, legitiman su acción. Tal vez haya que explorar formas de resistencia que rompan la alternativa maniquea entre masoca y narcisista, que son en el fondo dos modalidades de pasión, de autoafirmación, de búsqueda de placer. Tal vez un último hombre como el glosado por Maurice Blanchot, cuya ausencia de identidad lo hace inalcanzable por el Estado. Quizá la tercera persona de la que habla Roberto Esposito, más allá del “yo” y del “tú”. O un vivir “como si no”, que es lo que sugiere Giorgio Agamben.
Más allá de su acierto o desacierto, de la necesidad imperiosa de contener el gasto público o de la no menos urgente importancia de reactivar el crecimiento, la política económica del actual gobierno suscita fundamentalmente dos tipos de reacciones: a favor o en contra. Ciertamente hay muchos matices que las enriquecen, pero en lo esencial las posiciones son esas.
Las reacciones de apoyo o de rechazo suelen ir sostenidas por argumentos, acompañadas de justificaciones, reforzadas por creencias, datos y reflexiones escuchadas o leídas a expertos o a meros opinadores. Cada uno defiende sus puntos de vista cómo sabe y puede, en el grado en que se lo exige su competencia, su audiencia o su orgullo. Aunque la mayoría de la gente ignora los principios básicos de la macroeconomía, la crisis ha contribuido mucho al conocimiento de esta rama de la teología. Al igual que los triunfos de Fernando Alonso han creado una culturilla de tecnicismos de Formula 1 (en los escasos andamios ya no se habla de mujeres sino de KERS, chicanes y pit-stops), la crisis económica que nos azota (qué verbo, eh) permite que la prima de riesgo esté en boca hasta de las cajeras de Mercadona. ¡Qué digo de las cajeras: incluso en labios de los maestros de gimnasia!
Pero las motivaciones determinantes para defender o criticar la política económica del gobierno no se reducen a razonamientos lógicos, no se dejan expresar totalmente en argumentos deductivos, no obedecen a meras posiciones teóricas. Más aún: las ideas y convicciones económicas son secundarias ante la fuerza determinante del carácter, que es el término que usamos para nombrar la suma de muchos rasgos heterogéneos que permiten predecir o justificar la conducta de alguien.
Según esto, estar a favor o en contra de la política económica del gobierno responde a dos tipos de carácter.
Quienes están a favor suelen mostrar gran irritación por el gasto público y se muestran muy sensibles por multitud de servicios que presta el Estado, detectando siempre tras ellos anomalías y despilfarros: que si los pensionistas abusan de las recetas, que si los inmigrantes usan mal los servicios de urgencias, que si se da becas a cualquiera y para cualquier cosa, que si los profesores trabajan poco, que si los funcionarios menos aún, que si hay muchos asesores, que si los políticos cobran demasiado, que si los aeropuertos vacíos, que si las televisiones repletas… Se trata de personas cuya defensa de las medidas de austeridad va acompañada de cierta autoculpabilidad y de vergüenza, en ocasiones enriquecidas de rencor. “Nos creíamos ricos”. “Hemos vivido por encima de nuestras posibilidades”. “Somos improductivos”. “Somos como los griegos”. “Los alemanes se niegan a seguir pagando nuestro despilfarro”. Etc. Desde dicho estado de ánimo, no sólo comprenden y justifican el sadismo pizpireto de SSS y nuestros contables, sino que casi rozan el masoquismo: “nos lo merecemos”, “ahora nos vamos a enterar de lo que vale un peine (y una matrícula universitaria)”, “esto no es nada para lo que viene”. Se completa entonces un cuadro que se deja comprender desde la categoría de “sado-masoquismo”: a una ilimitada capacidad de hacer sufrir se le adjunta una ilimitada capacidad de padecer; a la hiper-actividad de los amos se le acopla la hiper-pasividad de los esclavos; a la impasibilidad del gobierno, la pasibilidad infinita de la ciudadanía.
Por el contrario, el carácter de quienes critican las medidas gubernamentales rebosa autoestima y narcisismo. Mientras que el masoquista abdica incluso de su condición de sujeto-soberano (limitándose a ser/estar “sujeto”), el indignado ante los recortes del gobierno no es capaz de someterse, tan alta es su consideración de sí mismo. A sus ojos todos los servicios asumidos por el Estado responden a derechos absolutos y por lo tanto inalienables. Desde la gratuidad total de todo tipo de educación y gastos adjuntos (transporte, comedor, libros de texto…), a la universal gratuidad de todas las prestaciones sanitarias, pasando por las diversas modalidades de subvenciones, derechos laborales, bienes sociales varios, etc. Tanto se quiere a sí mismo y autovalora el narcisista, que no sólo considera postergable y no prioritario el pago de la deuda soberana, sino que incluso lo considera un insulto, algo propio de fachas.
Ahora bien: del mismo modo que los sádicos amos precisan de sujetos pasibles para reconocerse como tal, también precisan de la resistencia de los narcisistas. Unos y otros sostienen la identidad del gobierno, legitiman su acción. Tal vez haya que explorar formas de resistencia que rompan la alternativa maniquea entre masoca y narcisista, que son en el fondo dos modalidades de pasión, de autoafirmación, de búsqueda de placer. Tal vez un último hombre como el glosado por Maurice Blanchot, cuya ausencia de identidad lo hace inalcanzable por el Estado. Quizá la tercera persona de la que habla Roberto Esposito, más allá del “yo” y del “tú”. O un vivir “como si no”, que es lo que sugiere Giorgio Agamben.
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viernes, 20 de abril de 2012
Por mi culpa, por mi culpa, por mi gran culpa. El rey imita a Rajoy
El gesto del rey de pedir perdón (lo siento mucho, me he equivocado, no volverá a ocurrir) cumple con algunos de los requisitos exigidos por el sacramento católico de la penitencia (contrición, reconocimiento de culpa, propósito de enmienda). En esto se nota que es un típico rey católico: aficionado al pecado porque ello es ocasión de volver al Padre y pedirle perdón, como el hijo pródigo.
Ahora bien, le faltó un elemento esencial demandado por la liturgia sacramental: confesar los pecados. El rey debía haber detallado la naturaleza, cualidad y cantidad de los pecados pues de lo contrario no hay materia que perdonar. ¿Qué sentía, en qué se había equivocado, qué prometía no volver a cometer: los disparos, las compañías, las invitaciones, las escapadas furtivas? ¿Cuántos disparos hubo, cuántos gatillazos, majestad? La moral católica es casuística: concreta qué actos son buenos y qué actos son malos. No basta aplicar una regla formal (lsm-mhe-nvao) a cualquier situación para que la voluntad se torne buena.
El gesto de pedir disculpas se lo ha copiado el rey a Rajoy, que como todo el mundo sabe es un tipo muy normal. No hay día en que no lo veamos realizando algún gesto de contrición, de excusa, de lamento ante las medidas de austeridad adoptadas. Yo no quería hacerlo, me obligan las circunstancias, no era mi intención, lo siento mucho, es la última vez.
Pero vuelve una y otra vez a las andadas cada viernes que hay Consejo de ministros. Hay tres fuentes principales que sostienen las excusas de Rajoy: la herencia recibida, las demandas de Europa y las dificultades de financiación. Aupado en ellas puede permitirse recaer reiteradamente en el pecado: subir los impuestos habiendo dicho que no lo haría, implantar el copago sanitario habiendo dicho que no lo haría, aplicar una amnistía fiscal habiendo dicho que no lo haría…
Más allá del debate sobre el acierto de las medidas, una cosa es clara: Rajoy no puede pretender que nos gusten, que no nos quejemos, que las asumamos con alegría, que no lo desgasten. La ciudadanía española no le ha dado la mayoría absoluta por su cara bonita, sino para cambiar la dirección de una política. No debe, pues, reclamar disculpas a cada momento, sino hacer lo que crea que hay que hacer, pues cuenta con un perdón a priori, el de los 185 diputados. Ah, y como logre éxito en su gestión, que tampoco espere que se lo vayan a agradecer.
Ahora bien, le faltó un elemento esencial demandado por la liturgia sacramental: confesar los pecados. El rey debía haber detallado la naturaleza, cualidad y cantidad de los pecados pues de lo contrario no hay materia que perdonar. ¿Qué sentía, en qué se había equivocado, qué prometía no volver a cometer: los disparos, las compañías, las invitaciones, las escapadas furtivas? ¿Cuántos disparos hubo, cuántos gatillazos, majestad? La moral católica es casuística: concreta qué actos son buenos y qué actos son malos. No basta aplicar una regla formal (lsm-mhe-nvao) a cualquier situación para que la voluntad se torne buena.
El gesto de pedir disculpas se lo ha copiado el rey a Rajoy, que como todo el mundo sabe es un tipo muy normal. No hay día en que no lo veamos realizando algún gesto de contrición, de excusa, de lamento ante las medidas de austeridad adoptadas. Yo no quería hacerlo, me obligan las circunstancias, no era mi intención, lo siento mucho, es la última vez.
Pero vuelve una y otra vez a las andadas cada viernes que hay Consejo de ministros. Hay tres fuentes principales que sostienen las excusas de Rajoy: la herencia recibida, las demandas de Europa y las dificultades de financiación. Aupado en ellas puede permitirse recaer reiteradamente en el pecado: subir los impuestos habiendo dicho que no lo haría, implantar el copago sanitario habiendo dicho que no lo haría, aplicar una amnistía fiscal habiendo dicho que no lo haría…
Más allá del debate sobre el acierto de las medidas, una cosa es clara: Rajoy no puede pretender que nos gusten, que no nos quejemos, que las asumamos con alegría, que no lo desgasten. La ciudadanía española no le ha dado la mayoría absoluta por su cara bonita, sino para cambiar la dirección de una política. No debe, pues, reclamar disculpas a cada momento, sino hacer lo que crea que hay que hacer, pues cuenta con un perdón a priori, el de los 185 diputados. Ah, y como logre éxito en su gestión, que tampoco espere que se lo vayan a agradecer.
lunes, 16 de abril de 2012
Vacancia real
Cuando era pequeño disparaba a los gatos del callejón con una escopeta de perdigones desde la ventana de casa. Juan Carlos I dispara a elefantes en Bostwana; Froilán se prepara para retos tales disparando a sus propios pies. Es lo que tiene pertenecer a la realeza.
La progresía previsible (pleonasmo) no ha perdido un minuto, entre manifestación, porrito y visita al Outlet de Desigual, para mostrar su escándalo por los elefantes abatidos. Echo en falta a Willy Toledo.
Pero aun reconociendo la importancia de los elefantes, que son esos animales que cagan unas boñigas enormes en los polígonos de las afueras donde aparca el circo al que nadie va, lo más llamativo no es su muerte violenta, tampoco los pies del nieto real. Lo espectacular es ¡disparar en Bostwana! ¿Dónde queda Bostwana? ¿Por qué se llama Bostwana Bostwana? A mí Bostwana me evoca los apuntes de cono de mi época, esos que hablaban de la división hace 200 millones de años de Pangea, durante el período Pérmico, en dos supercontinentes, Laurasia y Gondwana (lo confieso, he mirado Wikipedia).
A Willy Toledo, Tomás Gómez y el resto de actores les diría que el rey reina, pero no gobierna. Debe responder a su legitimidad y esencia teológicas con hieratismo, neutralidad, vacancia, ociosidad, inacción. Es sacer, in-tocable, im-pune, i-responsable; todo publicidad, todo gestualidad, todo gloria, todo fasto, todo pose, todo decoración, todo in-eficacia, todo im-productividad. De ahí que no deba ni reclamársele que gobierne ni juzgarlo por ello. Tampoco debe pedírsele normalidad, para eso estamos el resto de españoles, incluido Rajoy, que es un tipo muy normal. El rey representa, no trabaja. O, mejor, su trabajo es la vacancia. Por eso es indiferente que sea tonto (en realidad, es mejor). Y ojo: no digo yo que lo sea, que este blog lo leen altas instancias.
Yo creo que el abuelo ha querido evitarle al nieto el sofocón y el susto.
La progresía previsible (pleonasmo) no ha perdido un minuto, entre manifestación, porrito y visita al Outlet de Desigual, para mostrar su escándalo por los elefantes abatidos. Echo en falta a Willy Toledo.
Pero aun reconociendo la importancia de los elefantes, que son esos animales que cagan unas boñigas enormes en los polígonos de las afueras donde aparca el circo al que nadie va, lo más llamativo no es su muerte violenta, tampoco los pies del nieto real. Lo espectacular es ¡disparar en Bostwana! ¿Dónde queda Bostwana? ¿Por qué se llama Bostwana Bostwana? A mí Bostwana me evoca los apuntes de cono de mi época, esos que hablaban de la división hace 200 millones de años de Pangea, durante el período Pérmico, en dos supercontinentes, Laurasia y Gondwana (lo confieso, he mirado Wikipedia).
A Willy Toledo, Tomás Gómez y el resto de actores les diría que el rey reina, pero no gobierna. Debe responder a su legitimidad y esencia teológicas con hieratismo, neutralidad, vacancia, ociosidad, inacción. Es sacer, in-tocable, im-pune, i-responsable; todo publicidad, todo gestualidad, todo gloria, todo fasto, todo pose, todo decoración, todo in-eficacia, todo im-productividad. De ahí que no deba ni reclamársele que gobierne ni juzgarlo por ello. Tampoco debe pedírsele normalidad, para eso estamos el resto de españoles, incluido Rajoy, que es un tipo muy normal. El rey representa, no trabaja. O, mejor, su trabajo es la vacancia. Por eso es indiferente que sea tonto (en realidad, es mejor). Y ojo: no digo yo que lo sea, que este blog lo leen altas instancias.
Yo creo que el abuelo ha querido evitarle al nieto el sofocón y el susto.
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viernes, 13 de abril de 2012
No hay crisis económica. Nota sobre los efectos comunistas del capitalismo
Hay cierta izquierda española que confunde lo público con lo estatal; reclama más presencia de lo público, pero quiere decir del Estado; reclama más democracia, pero quiere decir más soberanía. En ocasiones, el sujeto para el que reclama más soberanía no es el Estado español sino la Comunidad Autónoma de que se trate en cada caso. Lo que motiva su reivindicación en tal caso no es tanto una ideología nacionalista –a la que tampoco hace ascos—, cuanto las medidas de austeridad y control del gasto público tomadas por el gobierno central o por Europa.
Al reclamar más soberanía, dicha izquierda hace propio un ideal pre-moderno, determinado por criterios como el territorio, la homogeneidad nacional, la frontera, el hiper-juridicismo o la idea de legitimidad, todos ellos de esencia teológica.
Que, además, reivindique la soberanía de unidades políticas como las Comunidades autónomas, es una prueba más de su pre-modernidad, pues implica la pretensión de debilitar la soberanía del Estado –objetivo en principio loable— no mediante estrategias como la desterritorialización, la globalización o el multilateralismo, sino multiplicando los Estados. O sea: no busca domesticar los efectos perniciosos del Estado trascendiéndolo en pos de unidades políticas más amplias, sino que pretende que haya más Estados con sus atribuciones clásicas intactas.
Esta izquierda localista sólo puede mantener el tradicional ideal universalista de izquierdas (que es un ideal de homogeneidad social) incurriendo en contradicciones e imponiéndolo como un ideal sobrevenido y artificial, externo a la propia base existencial de la sociedad. En este sentido, la conciencia que tiene de sí y de su misión para con el mundo es análoga a la que tiene EE.UU., si bien éstos son más coherentes al hacerla efectiva desde una configuración política que es la de gran nación, lo cual les permite actuar como gendarmes del planeta presuntamente neutrales y desinteresados a fuer de guiados por la verdad y el bien. En cambio, la izquierda localista, aún pretendiendo formalmente lo mismo, dada su pequeñez sólo puede pretender objetivos de homogeneidad social mundial (o sea, de universalización) por vía de moralización esteticista, esto es, adoptando y difundiendo eslóganes willytoledo que no puede hacer efectivos (Rusia ya no está para eso, pues anda muy ocupada defendiendo a Siria; y Cuba…, en fin). En su ámbito local interno, sin embargo, sí puede servirse –siempre y cuando tenga el poder— del instrumento del derecho para moralizar las costumbres con un objetivo homogeneizador.
Tal izquierda localista, que no rehúye pisar charcos como el multiculturalismo soft de conciertos y mercadillos interétnicos, no es capaz de reconocer que esos ideales que presuntamente abraza (como la disminución mundial de la pobreza, el aumento del nivel de vida en países como China, India, Camboya o Brasil, o el fin del hiperconsumismo que atenaza a la sociedad occidental y define su egoísmo), y que ella, por mil motivos, no puede imponer sino sólo cantar y fumar en las raves, esos ideales, digo, son los que está contribuyendo a realizar (¡qué digo contribuyendo: realizando!) la actual crisis económica mundial que tanto nos afecta. Esta crisis económica mundial ni es una crisis ni es mundial: afecta poco más que a 700 millones de almas bellas (eso sí, la supuesta créme de la créme mundial: nosotros) de los más de 6000 millones del planeta, y sólo supone empobrecimiento (y, además, relativo: aquí todos seguimos comiendo, comprando Ipads y con subsidios de desempleo que triplican el sueldo medios de esos países) para los hiperconsumistas EEUU., Japón y Europa. China, Brasil, Indonesia et alia van como un tiro.
Voilà los espontáneos efectos redistribuidores del mercado global: nosotros, menos opulentos y despilfarradores; los antaño pobres, más ricos y cercanos. La mano invisible que todo lo ordena e iguala. Un comunismo capitalista.
Al reclamar más soberanía, dicha izquierda hace propio un ideal pre-moderno, determinado por criterios como el territorio, la homogeneidad nacional, la frontera, el hiper-juridicismo o la idea de legitimidad, todos ellos de esencia teológica.
Que, además, reivindique la soberanía de unidades políticas como las Comunidades autónomas, es una prueba más de su pre-modernidad, pues implica la pretensión de debilitar la soberanía del Estado –objetivo en principio loable— no mediante estrategias como la desterritorialización, la globalización o el multilateralismo, sino multiplicando los Estados. O sea: no busca domesticar los efectos perniciosos del Estado trascendiéndolo en pos de unidades políticas más amplias, sino que pretende que haya más Estados con sus atribuciones clásicas intactas.
Esta izquierda localista sólo puede mantener el tradicional ideal universalista de izquierdas (que es un ideal de homogeneidad social) incurriendo en contradicciones e imponiéndolo como un ideal sobrevenido y artificial, externo a la propia base existencial de la sociedad. En este sentido, la conciencia que tiene de sí y de su misión para con el mundo es análoga a la que tiene EE.UU., si bien éstos son más coherentes al hacerla efectiva desde una configuración política que es la de gran nación, lo cual les permite actuar como gendarmes del planeta presuntamente neutrales y desinteresados a fuer de guiados por la verdad y el bien. En cambio, la izquierda localista, aún pretendiendo formalmente lo mismo, dada su pequeñez sólo puede pretender objetivos de homogeneidad social mundial (o sea, de universalización) por vía de moralización esteticista, esto es, adoptando y difundiendo eslóganes willytoledo que no puede hacer efectivos (Rusia ya no está para eso, pues anda muy ocupada defendiendo a Siria; y Cuba…, en fin). En su ámbito local interno, sin embargo, sí puede servirse –siempre y cuando tenga el poder— del instrumento del derecho para moralizar las costumbres con un objetivo homogeneizador.
Tal izquierda localista, que no rehúye pisar charcos como el multiculturalismo soft de conciertos y mercadillos interétnicos, no es capaz de reconocer que esos ideales que presuntamente abraza (como la disminución mundial de la pobreza, el aumento del nivel de vida en países como China, India, Camboya o Brasil, o el fin del hiperconsumismo que atenaza a la sociedad occidental y define su egoísmo), y que ella, por mil motivos, no puede imponer sino sólo cantar y fumar en las raves, esos ideales, digo, son los que está contribuyendo a realizar (¡qué digo contribuyendo: realizando!) la actual crisis económica mundial que tanto nos afecta. Esta crisis económica mundial ni es una crisis ni es mundial: afecta poco más que a 700 millones de almas bellas (eso sí, la supuesta créme de la créme mundial: nosotros) de los más de 6000 millones del planeta, y sólo supone empobrecimiento (y, además, relativo: aquí todos seguimos comiendo, comprando Ipads y con subsidios de desempleo que triplican el sueldo medios de esos países) para los hiperconsumistas EEUU., Japón y Europa. China, Brasil, Indonesia et alia van como un tiro.
Voilà los espontáneos efectos redistribuidores del mercado global: nosotros, menos opulentos y despilfarradores; los antaño pobres, más ricos y cercanos. La mano invisible que todo lo ordena e iguala. Un comunismo capitalista.
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